Reúne instintivamente su material de todo lo que ve, oye y experimenta. Es un principio selectivo; rechaza mucho. Está siempre en su propia compañía, ya sea que su trato sea con libros, con hombres o con paisajes naturales; honra las cosas que elige, las cosas que reconoce, las cosas en las que confía. Reacciona lentamente ante todo tipo de estímulos, con esa tardanza que la larga precaución y el orgullo deliberado han engendrado en él; pone a prueba al estímulo que se acerca; ni soñaría con salirle al encuentro a mitad de camino. No cree ni en la «mala suerte» ni en la «culpa»; puede digerirse a sí mismo y a los demás; sabe cómo olvidar; es lo suficientemente fuerte como para hacer que todo se vuelva en su propio provecho.
¡Pues bien! Soy la misma antítesis de un decadente, pues aquel a quien acabo de describir no es otro que yo mismo.
3
Este doble hilo de experiencias, este medio de acceso a dos mundos que parecen tan alejados el uno del otro, encuentra en cada detalle su contrapartida en mi propia naturaleza: soy mi propio complemento; tengo una «segunda» visión, así como una primera. Y tal vez tenga también una tercera visión.
Por la naturaleza misma de mi origen se me permitió vislumbrar más allá de todos los horizontes puramente locales, puramente nacionales y limitados; no me requirió ningún esfuerzo por mi parte ser un «buen europeo».
Por otra parte, soy tal vez más alemán de lo que los alemanes modernos —meros alemanes imperiales— pueden aspirar a ser,—yo, el último alemán antipolítico.