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En otro aspecto más, no soy otra cosa que mi padre de nuevo, y por decirlo así, la continuación de su vida tras una muerte demasiado temprana.
Como todo hombre que jamás ha podido encontrar a su igual, y para quien el concepto de «represalia» es tan incomprensible como la noción de «igualdad de derechos», me he prohibido a mí mismo el uso de cualquier clase de medida de seguridad o protección —y también, por supuesto, de defensa y «justificación»— en todos aquellos casos en los que he sido víctima de tonterías triviales o incluso muy grandes.
Mi forma de represalia consiste en esto: endosarle tan pronto como sea posible una muestra de ingenio a los talones de un acto de estupidez; tal vez de este modo aún sea posible alcanzarlo.
Para hablar en parábolas: despacho un tarro de mermelada para librarme de una amarga experiencia....
Que cualquiera se atreva a ofenderme, y ya puede estar bien seguro de que le «devolveré la moneda»: no tardaré en encontrar la oportunidad de expresar mi agradecimiento al «ofensor» (entre otras cosas, incluso por la ofensa) o de pedirle algo, lo cual puede ser aún más cortés que dar. También me parece que la palabra más grosera, la carta más grosera, es más bondadosa, más franca, que el silencio. A los que guardan silencio casi siempre les falta sutileza y finura de corazón; el silencio es una objeción; tragarse un agravio produce necesariamente mal humor, e incluso revuelve el estómago. Todas las personas silenciosas son dispépticas. Ya se ve que a mí no me gustaría que se menospreciara la grosería; es, con mucho, la forma más humana de contradicción y, en medio de la molicie