«desinterés» y «abnegación» se encuentran los signos reales de la decadencia. El señuelo de aquello que es perjudicial, la incapacidad de descubrir la propia ventaja y la autodeterminación hacia la destrucción, se convierten en cualidades absolutas, en el «deber», la «santidad» y la «divinidad» del hombre. Finalmente —para dejar lo peor para el final—, mediante la noción del hombre bueno, se favorece todo lo que es débil, enfermo, chapucero y enfermizo en sí mismo, lo que debería ser borrado. La ley de selección es frustrada, se crea un ideal a partir de la oposición al hombre orgulloso, bien constituido, a aquel que le dice sí a la vida, a aquel que está seguro del futuro y que garantiza el futuro: este hombre es llamado en adelante el malvado. ¡Y en todo esto se creyó como si fuera moral!—Écrasez l'infâme!
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¿Me has comprendido? Dioniso versus Cristo.