escaleras de servicio que conducían de nuevo al viejo «ideal», compromisos entre la verdad y el «ideal» y, en resumen, fórmulas para el derecho a rechazar la ciencia y a perpetrar falsedades. ¡Leibniz y Kant, estos dos grandes frenos a la honestidad intelectual de Europa!
Por fin, en el momento en que apareció sobre el puente que abarcaba dos siglos de decadencia una fuerza superior de genio y voluntad, lo bastante fuerte como para consolidar Europa y convertirla en una unidad política y económica, con el propósito de dominar el mundo, los alemanes, con sus guerras de la Independencia, despojaron a Europa del significado —del maravilloso significado— de la vida de Napoleón.
Y al hacerlo cargaron sobre su conciencia todo lo que siguió, todo lo que existe hoy —esta enfermedad y esta falta de razón tan contrarias a la cultura, que se llaman nacionalismo—, esta névrose nationale que Europa padece de manera aguda; esta eterna subdivisión de Europa en estados pequeños, con una política a escala municipal: han despojado a Europa misma de su significado, de su razón, y la han metido en un callejón sin salida.
¿Hay alguien, aparte de mí, que conozca la salida de este callejón sin salida? ¿Conoce alguien, aparte de mí, una aspiración que sea lo bastante grande como para volver a unir a los pueblos de Europa?
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Y después de todo, ¿por qué no he de expresar mis sospechas? También en mi caso los alemanes intentarán hacer que un gran destino dé a luz meramente un ratón. Hasta el presente se han comprometido conmigo; dudo que el porvenir los mejore. ¡Ay! ¡Qué feliz sería si resultara ser un falso profeta en este asunto! Mis lectores y oyentes naturales son ya rusos, escandinavos y franceses; ¿lo serán siempre los mismos?
En la historia del saber, los alemanes sólo están representados por nombres dudosos; no han sido capaces de producir más que timadores