voluntad, lo que impulsó a los ofensores; sino más bien, como ya he sugerido, la buena voluntad —causa de no poca cantidad de desgracias en mi vida— de lo que tuve que quejarme.
Mi experiencia me dio el derecho a sentir sospecha respecto a todos los así llamados instintos «desinteresados», respecto al conjunto del «amor al prójimo», el cual siempre está listo y a la espera con obras o con consejos.
A mí me parece que estos instintos son un signo de debilidad, son un ejemplo de la incapacidad para resistir un estímulo; solo entre los decadentes esta compasión es llamada una virtud.
Lo que le reprocho a los compasivos es que están demasiado dispuestos a olvidar la vergüenza, la reverencia y la delicadeza de sentimiento que sabe cómo mantenerse a distancia; no recuerdan que esta compasión desbordante apesta a chusma y que es pariente cercana de los malos modales; que las manos compasivas pueden introducirse con consecuencias fatalmente destructivas en un gran destino, en un retiro solitario y herido, y en los privilegios con los que una gran culpa dota a uno.
El vencimiento de la compasión lo cuento entre las virtudes nobles;
En la «Tentación de Zaratustra» he imaginado un caso en el cual un gran grito de angustia llega a sus oídos, en el cual la compasión se abalanza sobre él como un último pecado y le haría faltar a su propia fe.
Permanecer siendo dueño de uno mismo en tales circunstancias, mantener pura la sublimidad de la propia misión en tales casos —pura de los muchos impulsos innobles y miopes que entran en juego en las llamadas acciones desinteresadas—, he ahí la dificultad, tal vez la última prueba que un Zaratustra ha de superar: la prueba real de su poder.