partir de ese momento, todos mis escritos son puro cebo: ¿tal vez entienda de pesca tanto como la mayoría? Si no se pescaba nada, no era por culpa mía. No había peces que vinieran a picar.
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En todos sus puntos esenciales, este libro (1886) es una crítica de la modernidad, que abarca las ciencias, las artes e incluso la política modernas, junto con ciertas indicaciones sobre un tipo que sería lo inverso al hombre moderno, o tan poco parecido a él como fuera posible, un tipo noble y que dice sí. En este último respecto, el libro es una escuela para caballeros —entendiéndose el término caballero aquí en un sentido mucho más espiritual y radical de lo que ha implicado hasta ahora.
Todas esas cosas de las que la época se enorgullece —como, por ejemplo, la tan celebrada «objetividad», la «simpatía por todo lo que sufre», el «sentido histórico», con su sumisión a los gustos ajenos, con su postración en el polvo ante los petits faits, y la furia por la ciencia— se revelan como la contradicción del tipo recomendado y son consideradas casi como una falta de educación.
Si se recuerda que este libro es la continuación de Zarathustra, es posible adivinar a qué régimen de dieta debe su vida. El ojo que, debido a una tensión tremenda, se ha habituado a ver a gran distancia —el Zarathustra es todavía más clarividente que el Zar—, se ve obligado aquí a enfocar con nitidez lo que tiene más cerca, el tiempo presente, las cosas que lo rodean. En todos los aforismos, y más particularmente en la forma de este libro, el lector hallará la misma renuncia voluntaria a aquellos instintos que hicieron del Zarathustra una proeza posible. El refinamiento en la forma, en la aspiración y en el arte de guardar silencio son cualidades suyas más o menos obvias; la psicología es tratada con