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nydus/Heart of DarknessPublic
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III

consultó con aquella gran soledad⁠—y el susurro había resultado irresistiblemente fascinante. Resonaba con fuerza en su interior porque estaba hueco por dentro.⁠ ⁠… Dejé el vaso, y la cabeza que había aparecido lo suficientemente cerca como para hablarle pareció alejarse de un salto, de inmediato, hacia una distancia inaccesible.

“El admirador de Mr. Kurtz estaba un tanto cabizbajo. Con voz apresurada e imprecisa comenzó a asegurarme que no se había atrevido a desmontar estos⁠—digamos⁠—símbolos. No temía a los nativos; no se moverían hasta que Mr. Kurtz diera la orden. Su ascendiente era extraordinario. Los campamentos de aquella gente rodeaban el lugar, y los jefes venían todos los días a verlo. Gateaban.⁠ ⁠… —No quiero saber nada de las ceremonias que se empleaban al acercarse a Mr. Kurtz⁠—le grité. Curioso, este sentimiento que se apoderó de mí de que semejantes detalles habrían de ser más intolerables que aquellas cabezas secándose en las estacas bajo las ventanas de Mr. Kurtz. Al fin y al cabo, aquello no era más que un espectáculo salvaje, mientras que yo parecía haber sido transportado de un solo salto a alguna región sin luz de sutiles horrores, donde el salvajismo puro y simple era un alivio positivo, por ser algo que tenía derecho a existir⁠—evidentemente⁠—bajo la luz del sol. El joven me miró con sorpresa. Supongo que no se le ocurrió pensar que Mr. Kurtz no era ningún ídolo mío. Olvidaba que yo no había oído ninguno de aquellos espléndidos monólogos sobre, ¿cómo era?, sobre el amor, la justicia, la conducta de la vida⁠—o lo que fuera. Si se trataba de gatear ante Mr. Kurtz, él gateaba tanto como el más pintado de los salvajes. No tenía ni idea de las condiciones, dijo: aquellas cabezas eran cabezas de rebeldes. Lo escandalicé sobremanera al echarme a reír. ¡Rebeldes! ¿Cuál sería la siguiente definición que tendría que oír? Había habido enemigos, criminales, trabajadores⁠—y aquellos eran rebeldes. Aquellas cabezas rebeldes me parecieron muy sumisas en lo alto de sus estacas. —¡No sabes cómo una vida así pone a prueba a un hombre como Kurtz!⁠—exclamó

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