pasado. Llevaban contratados seis meses (no creo que ni uno solo de ellos tuviera una idea clara del tiempo, como la tenemos nosotros al final de innumerables eras; seguían perteneciendo a los albores de los tiempos —no tenían una experiencia heredada que los educara, por decirlo así—) y, por supuesto, mientras hubiera un trozo de papel escrito de acuerdo con alguna ley ridícula u otra promulgada río abajo, a nadie se le pasaba por la cabeza preocuparse por cómo iban a vivir. Ciertamente, se habían llevado algo de carne podrida de hipopótamo, que no habría durado mucho de todos modos, incluso si los peregrinos no la hubieran arrojado por la borda en gran cantidad en medio de un jaleo espantoso. Parecía una medida de fuerza, pero en realidad se trataba de un caso de legítima defensa. No se puede respirar hipopótamo muerto despierto, dormido y comiendo, y al mismo tiempo mantener un precario aferramiento a la existencia. Además de eso, les habían dado cada semana tres trozos de alambre de latón, de unas nueve pulgadas cada uno, y la teoría era que debían comprar sus provisiones con esa moneda en los poblados de la ribera. Ya pueden imaginarse cómo funcionó eso. O no había poblados, o la gente era hostil, o el director, que como el resto de nosotros se alimentaba de latas, con algún viejo macho cabrío de vez en cuando, no quería detener el vapor por alguna razón más o menos recóndita. Así que, a menos que se tragaran el alambre mismo, o hicieran lazos con él para pescar, no veo de qué podía servirles su extravagante salario. Debo decir que se pagaba con una regularidad digna de una gran y honorable compañía comercial. Por lo demás, lo único comestible —aunque no lo pareciera en absoluto— que vi en su poder eran unos cuantos trozos de una sustancia parecida a masa medio cocida, de un color lavanda sucio, que guardaban envueltos en hojas y de vez en cuando se tragaban un cacho, pero tan pequeño que parecía hecho más por las apariencias que por un propósito serio de sustento. Por el nombre de todos los demonios roedores del hambre, que no se abalanzaran sobre nosotros —eran treinta contra cinco— y se dieran un buen banquete por una vez, me asombra ahora cuando lo pienso. Eran hombres grandes y poderosos,
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