Una desgarrada cortina de sarga roja colgaba en la puerta de la choza y flameaba tristemente ante nuestras caras. La vivienda estaba desmantelada; pero podíamos ver que un hombre blanco había vivido allí no hacía mucho tiempo. Quedaba una mesa rústica —un tablón sobre dos estacas—; un montón de basura descansaba en un rincón oscuro, y junto a la puerta recogí un libro. Había perdido las cubiertas y las páginas estaban sobadas hasta alcanzar un estado de blandura sumamente sucia; pero el lomo había sido vuelto a coser con esmero con hilo de algodón blanco, que todavía parecía limpio. Fue un hallazgo extraordinario. Su título era Una investigación sobre algunos puntos de marinería, por un tal Towser, Towson —un nombre así—, capitán de la Marina de Su Majestad. El contenido parecía bastante aburrido de leer, con diagramas ilustrativos y repulsivas tablas de cifras, y el ejemplar tenía sesenta años. Manejé esta asombrosa antigüedad con la mayor ternura posible, no fuera a deshacerse en mis manos.
Dentro, Towson o Towser investigaba con fervor la carga de rotura de las cadenas y aparejos de los barcos, y otros asuntos similares.
No era un libro muy cautivador; pero a primera vista se podía advertir en él una sola intención, una honesta preocupación por el modo correcto de hacer las cosas, lo que hacía que estas páginas humildes, concebidas hace tantos años, brillaran con una luz distinta a la profesional.
El sencillo viejo marinero, con su charla sobre cadenas y aparejos, me hizo olvidar la selva y los peregrinos en una deliciosa sensación de haber tropezado con algo indudablemente real.
Que un libro así estuviera allí era ya bastante maravilloso; pero aún más asombrosas eran las notas escritas a lápiz en el margen, que hacían clara referencia al texto. ¡No podía dar crédito a mis ojos! ¡Estaban en cifra! Sí, parecía código. ¡Imagínate a un hombre acarreando un libro de esa índole hasta este rincón perdido y estudiándolo —y haciendo anotaciones—, además, en clave! Era un misterio extravagante.