Intenté romper el encanto —el pesado y mudo encanto de la selva— que parecía atraerlo hacia su pecho implacable mediante el despertar de instintos olvidados y brutales, mediante el recuerdo de pasiones satisfechas y monstruosas.
Tan solo esto, estaba convencido, lo había empujado hacia el borde del bosque, hacia la espesura, hacia el fulgor de las hogueras, el latido de los tambores, el zumbido de extraños sortilegios; tan solo esto había seducido a su alma ilegal más allá de los límites de las aspiraciones permitidas.
Y, ¿no lo veis?, el terror de la situación no residía en que le abrieran la cabeza —aunque también tenía una conciencia muy viva de ese peligro—, sino en esto: en que tenía que habérmelas con un ser al que no podía apelar en nombre de nada elevado ni bajo. Tenía, al igual que los negros, que invocarlo a él —a él mismo—, a su propia y magnífica degradación increíble.
No había nada ni por encima ni por debajo de él, y yo lo sabía. Se había desprendido de la tierra a patadas. ¡Maldito sea el hombre!; había hecho pedazos la tierra misma. Estaba solo, y yo ante él no sabía si pisaba el suelo o flotaba en el aire.
Te he estado contando lo que dijimos—repitiendo las frases que pronunciamos—, ¿pero de qué sirve?