—«... ¿Quién no era su amigo después de haberle oído hablar una sola vez? —decía ella—. Atraía a los hombres hacia sí por lo mejor que había en ellos». Me miró con intensidad—. «Es el don de los grandes», continuó, y el eco de su voz baja parecía ir acompañado de todos los demás sonidos, llenos de misterio, desolación y pena, que yo jamás hubiera escuchado: el murmullo del río, el susurro de los árboles mecidos por el viento, los murmullos de las multitudes, el débil eco de palabras incomprensibles gritadas desde lejos, el susurro de una voz que hablaba desde más allá del umbral de una oscuridad eterna. «¡Pero tú le has oído! ¡Tú lo sabes!», exclamó.
—«Sí, lo sé», dije con algo así como desesperación en el corazón, pero inclinando la cabeza ante la fe que había en ella, ante esa gran ilusión salvadora que brillaba con un fulgor sobrenatural en la oscuridad, en la oscuridad triunfante de la que yo no habría podido defenderla, de la que ni siquiera habría podido defenderme a mí mismo.
—«¡Qué pérdida para mí... para nosotros!» —se corrigió con hermosa generosidad—; luego añadió en un murmullo: «Para el mundo». Bajo los últimos destellos del crepúsculo pude ver el brillo de sus ojos, llenos de lágrimas... de unas lágrimas que no querían caer.
—«He sido muy feliz, muy afortunada, muy orgullosa —prosiguió—. Demasiado afortunada. Demasiado feliz durante un ratito. Y ahora soy infeliz para —para toda la vida».