escrutar nuestros escalofriantes pensamientos.
“A unas cincuenta millas más abajo de la Estación del Interior, nos topamos con una choza de juncos, un poste inclinado y melancólico, del que colgaban los jirones irreconocibles de lo que había sido una bandera de algún tipo, y una pila de leña primorosamente ordenada. Esto era inesperado. Nos arrimamos a la orilla y, sobre la pila de leña, encontramos un trozo de tabla plana con unas letras desteñidas a lápiz. Al descifrarlo, decía:
«Leña para ustedes. Dense prisa. Acérquense con precaución».
Había una firma, pero era ilegible; no era la de Kurtz, era una palabra mucho más larga. «Dense prisa». ¿Dónde? ¿Arriba del río? «Acérquense con precaución». No lo habíamos hecho. Pero la advertencia no podía estar destinada al lugar donde solo se la podía encontrar después de haberse acercado. Algo andaba mal arriba. Pero ¿el qué, y cuán grave? Esa era la cuestión. Hicimos comentarios desfavorables sobre la imbecilidad de aquel estilo telegráfico. La maleza circundante no decía nada y tampoco nos dejaba mirar muy lejos.