La visión pareció entrar en la casa conmigo: la camilla, los porteadores fantasmales, la caterva salvaje de adoradores obedientes, la penumbra de los bosques, el brillo de la extensión fluvial entre las curvas sombrías, el redoble del tambor, regular y apagado como el latido de un corazón—el corazón de una oscuridad conquistadora. Era un momento de triunfo para la selva virgen, una acometida invasora y vengativa que, según me pareció, tendría yo que contener a solas para la salvación de otra alma.
Y el recuerdo de lo que le había oído decir allá a lo lejos, con las formas astadas moviéndose a mi espalda, al fulgor de las hogueras, en el seno de los pacientes bosques, aquellas frases entrecortadas volvieron a mí, fueron escuchadas de nuevo en su ominosa y terrorífica sencillez.
Recordé su ruego abyecto, sus amenazas abyectas, la escala colosal de sus viles deseos, la bajeza, el tormento, la tempestuosa angustia de su alma.
Y más tarde me pareció ver sus maneras languidecientes reunidas, cuando dijo un día: «Este lote de marfil ahora es realmente mío. La compañía no