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nydus/Heart of DarknessPublic
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II

“El manager estaba de pie junto a la rueda murmurando confidencialmente sobre la necesidad de alejarse río abajo antes de que oscureciera a toda costa, cuando vi a lo distancia un claro a la orilla del río y los contornos de algún tipo de construcción.

«¿Qué es esto?», pregunté.

Se besó las manos con asombro.

«¡La estación!», exclamó.

Me acerqué de inmediato, todavía a media velocidad.

“A través de mis anteojos vi la pendiente de una colina salpicada de árboles dispersos y perfectamente libre de maleza. Un edificio largo y ruinoso en la cima estaba medio sepultado en la hierba alta; los grandes agujeros en el tejado puntiagudo se veían negros y abiertos desde lejos; la selva y los bosques servían de fondo. No había ningún tipo de cerca o empalizada; pero al parecer la había habido, pues cerca de la casa quedaban en hilera media docena de postes delgados, desbastados toscamente y con los extremos superiores adornados con bolas redondas talladas. Los travesaños, o lo que hubiera habido entre ellos, habían desaparecido. Por supuesto, el bosque rodeaba todo aquello. La orilla del río estaba despejada, y en la ribera vi a un hombre blanco bajo un sombrero como una rueda de carro que hacía señas insistentemente con todo el brazo. Examinando el linde del bosque arriba y abajo, estuve casi seguro de ver movimientos: formas humanas deslizándose aquí y allá. Pasé a vapor prudentemente, luego detuve las máquinas y la dejé derivar río abajo. El hombre de la orilla comenzó a gritar, instándonos a desembarcar. —Hemos sido atacados —gritó el director. —Ya lo sé, ya lo sé. Todo va bien —le devolvió el grito el otro, tan fresco como una lechuga—. Vengan. Todo va bien. Me alegro”.

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