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nydus/Heart of DarknessPublic
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II

Subir por aquel río era como viajar hacia los primeros comienzos del mundo, cuando la vegetación campaba a sus anchas por la tierra y los grandes árboles eran reyes. Un arroyo vacío, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era cálido, espeso, pesado, lento. No había alegría en el brillo del sol. Los largos trechos de la vía fluvial corrían, desiertos, hacia la penumbra de distancias ensombrecidas. En bancos de arena plateada, hipopótamos y caimanes se calentaban al sol codo con codo. Las aguas, cada vez más anchas, fluían a través de una muchedumbre de islas boscosas; uno perdía el rumbo en aquel río como en un desierto, y chocaba todo el día contra los bancos de arena, tratando de encontrar el canal, hasta que uno se creía hechizado y apartado para siempre de todo lo que una vez había conocido —en algún lugar— muy lejos— en otra existencia tal vez.

Había momentos en que el pasado de uno volvía a uno, como suele suceder a veces cuando no se tiene un momento libre para uno mismo; pero volvía en forma de un sueño intranquilo y ruidoso, recordado con asombro entre las abrumadoras realidades de este extraño mundo de plantas, agua y silencio.

Y esta quietud de la vida no se parecía en lo más mínimo a la paz. Era la quietud de una fuerza implacable meditando sobre un propósito inescrutable. Te miraba con un aspecto vengativo.

Me acostumbré después; ya no lo veía; no tenía tiempo. Tenía que ir adivinando el canal; tenía que distinguir, sobre todo por inspiración, las señales de los bancos de arena ocultos; vigilaba las piedras sumergidas; estaba aprendiendo a castañetear los dientes con fuerza antes de que el corazón se me saliera del pecho, al rozar por pura chiripa algún maldito, astuto y viejo tronco sumergido que le habría arrancado la vida al vaporcito de lata y ahogado a todos los peregrinos; tenía que estar atento a las señales de madera muerta que pudiéramos cortar por la noche para la navegación del día siguiente.

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