pregunté. «Cualquier partido», respondió el otro. «Era un... un... extremista». ¿No lo creía así? Asentí. ¿Sabía, preguntó con un repentino destello de curiosidad, «qué fue lo que lo indujo a ir allá?» «Sí», le dije, y de inmediato le entregué el famoso Informe para su publicación, si lo creía oportuno. Lo hojeó a toda prisa, mascullando todo el tiempo, juzgó «que serviría» y se largó con este botín.
“Así me quedé por fin con un delgado paquete de cartas y el retrato de la muchacha. Me pareció hermosa; quiero decir que tenía una expresión hermosa. Sé que a la luz del sol también se la puede hacer mentir, pero uno sentía que ninguna manipulación de la luz y la pose habría podido transmitir el delicado matiz de veracidad en aquellas facciones. Parecía dispuesta a escuchar sin reservas mentales, sin sospechas, sin un solo pensamiento para sí misma. Concluí que iría a devolverle su retrato y aquellas cartas yo mismo. ¿Curiosidad? Sí; y también algún otro sentimiento tal vez. Todo lo que había sido de Kurtz se había escapado de mis manos: su alma, su cuerpo, su puesto, sus planes, su marfil, su carrera. Solo quedaban su memoria y su Prometida, y yo quería renunciar a