desconocido, y los blancos que salían corriendo de un cuchitril ruinoso, con grandes gestos de alegría, sorpresa y bienvenida, parecían muy extraños; daban la impresión de estar allí retenidos cautivos por un sortilegio. La palabra marfil flotaba un rato en el aire, y seguíamos adelante hacia el silencio, a lo largo de tramos vacíos, bordeando las curvas silenciosas, entre las altas paredes de nuestro camino serpenteante, que hacían resonar en ecos huecos el pesado latido de la rueda de popa. Árboles, árboles, millones de árboles, macizos, inmensos, que se elevaban hacia lo alto; y a su pie, abrazada a la orilla contra la corriente, se arrastraba el pequeño y mugriento vapor, como un escarabajo perezoso reptando por el suelo de un pórtico elevado. Te hacía sentir muy pequeño, muy perdido, y sin embargo aquel sentimiento no era del todo deprimente. Al fin y al cabo, por muy pequeño que uno fuera, el escarabajo mugriento seguía reptando, que era justo lo que querías que hiciera. Adónde se imaginaban los peregrinos que reptaba, no lo sé. ¡A algún lugar donde esperaban conseguir algo, apostaría a que sí! Para mí reptaba hacia Kurtz, exclusivamente; pero cuando las tuberías de vapor empezaron a tener fugas, reptamos muy despacio. Los tramos fluviales se habrían ante nosotros y se cerraban a nuestra espalda, como si el bosque hubiera cruzado tranquilamente el agua para cortarnos el camino de regreso. Penetrábamos más y más en el corazón de las tinieblas. Allí reinaba un gran silencio. Por la noche, a veces, el rodoble de los tambores tras el telón de árboles ascendía río arriba y se mantenía de forma tenue, como si flotara en el aire muy por encima de nuestras cabezas, hasta la primera raya del alba. Si aquello significaba guerra, paz o plegaria, no sabíamos decirlo. Los amaneceres venían anunciados por la llegada de una quietud gélida; los leñadores dormían, sus fuegos se reducían a brasas; el crujido de una ramita te hacía dar un sobresalto. Éramos errantes en una tierra prehistórica, en una tierra que tenía el aspecto de un planeta desconocido. Podríamos habernos creído los primeros hombres tomando posesión de una herencia maldita, que debía ser subyugada a costa de una angustia profunda y un trabajo excesivo. Pero
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