señor Kurtz, por extenso que fuera, no tenía relación con los problemas del comercio o de la administración. Invocó entonces el nombre de la ciencia. «Sería una pérdida incalculable si», etc., etc. Le ofrecí el informe sobre la «Supresión de costumbres salvajes», con la posdata arrancada. Lo tomó con avidez, pero terminó por olisquearlo con aire de desprecio. «Esto no es lo que teníamos derecho a esperar», comentó. «No espere otra cosa», le dije. «Solo hay cartas privadas». Se retiró bajo alguna amenaza de acciones legales, y no lo volví a ver; pero otro tipo, que decía ser primo de Kurtz, apareció dos días después, y estaba ansioso por saber todos los detalles sobre los últimos momentos de su querido pariente. De paso, me dio a entender que Kurtz había sido fundamentalmente un gran músico. «Había madera para un éxito inmenso», dijo el hombre, que creo que era organista, con el cabello gris y lacio cayendo sobre el cuello de un abrigo grasiento. No tenía razones para dudar de su afirmación; y hasta el día de hoy soy incapaz de decir cuál era la profesión de Kurtz, si es que alguna vez tuvo alguna —lo cual era el mayor de sus talentos—. Lo había tomado por un pintor que escribía para los periódicos, o bien por un periodista que sabía pintar; pero ni siquiera el primo (que tomó rapé durante la entrevista) pudo decirme qué había sido, exactamente. Era un genio universal; en ese punto coincidí con el viejo, que acto seguido se sonó ruidosamente la nariz en un pañuelo de algodón grande y se retiró con agilidad senil, llevándose algunas cartas familiares y memorandos sin importancia. A la postre apareció un periodista ansioso por saber algo de la suerte de su «querido colega». Este visitante me informó que la esfera adecuada de Kurtz debió de ser la política «del lado popular». Tenía las cejas rectas y tupidas, el pelo erizado y cortado al rape, un monóculo en una cinta ancha y, volviéndose efusivo, confesó su opinión de que Kurtz realmente no sabía escribir ni pizca; «pero ¡cielos!, cómo sabía hablar ese hombre. Electrizaba a las grandes multitudades. Tenía fe, ¿no comprende?, tenía la fe. Era capaz de hacerse creer cualquier cosa, cualquier cosa. Habría sido un líder espléndido para un partido extremista». «¿Qué partido?»,
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