—«La última palabra que pronunció fue... tu nombre».
“Oí un leve suspiro y entonces mi corazón se detuvo, quedó paralizado de golpe por un grito jubiloso y terrible, por el grito de un triunfo inconcebible y de un dolor indescriptible. «¡Lo sabía—estaba segura!» … Ella lo sabía. Estaba segura. La oí llorar; se había cubierto el rostro con las manos. Me pareció que la casa se vendría abajo antes de que pudiera escapar, que los cielos se derrumbarían sobre mi cabeza. Pero no pasó nada. Los cielos no se derrumban por una nusgagtería tan pequeña. ¿Se habrían derrumbado, me pregunto, si le hubiera rendido a Kurtz la justicia que se merecía? ¿No había dicho él que solo quería justicia? Pero no pude. No pude decírselo. Habría sido demasiado oscuro—demasiado oscuro del todo …”.
Marlow calló y se sentó a un lado, indistinto y silencioso, en la postura de un Buda meditabundo. Nadie se movió durante un momento.
—Hemos perdido el principio de la bajamar —dijo de pronto el Director.
Levanté la cabeza. El horizonte estaba cerrado por un banco de nubes negras, y la vía fluvial tranquila que conducía a los confines de la tierra fluía sombría bajo un cielo nublado —parecía conducir al corazón de una inmensa oscuridad.