de la casa. Un día logró entrar y armó un escándalo por esos malditos trapos que recogí en el almacén para arreglarme la ropa. No iba decente. Al menos debió de ser por eso, porque le habló como una furia a Kurtz durante una hora, señalándome de vez en cuando. No entiendo el dialecto de esta tribu. Por suerte para mí, me figuro que Kurtz se sentía demasiado enfermo ese día como para importarle, o habría habido lío. No entiendo… No, es demasiado para mí. En fin, ya se acabó
“En ese momento oí la profunda voz de Kurtz detrás de la cortina:
«¡Sálvame!—te refieres al marfil. No me digas. ¡Sálvame! Vaya, he tenido que salvarte a ti. Ahora estás interrumpiendo mis planes. ¡Enfermo! ¡Enfermo! No tan enfermo como te gustaría creer. No importa. Todavía llevaré a cabo mis ideas—volveré. Te mostraré lo que se puede hacer. Tú, con tus pequeñas ideas de buhonero—me estás estorbando. Volveré. Yo...»