Eran palabras comunes y corrientes—los sonidos familiares y vagos que se intercambian en cualquier día de vigilia. ¿Pero qué importa eso? Tenían detrás, a mi parecer, la tremenda sugestión de las palabras oídas en sueños, de las frases pronunciadas en pesadillas. ¡Alma! Si alguna vez alguien luchó con un alma, ese soy yo. Y tampoco estaba discutiendo con un lunático. Créanme o no, su inteligencia estaba perfectamente clara—concentrada, es verdad, en sí mismo con una intensidad horrible, pero clara; y en eso radicaba mi única oportunidad—exceptuando, por supuesto, el matarlo allí mismo, lo cual no convenía tanto, debido al ruido inevitable. Pero su alma estaba loca. Al encontrarse sola en la selva, había mirado en su interior y, ¡por los cielos!, se lo aseguro, se había vuelto loca.
Tuve—por mis pecados, supongo—que pasar por el trago amargo de investigarlo yo mismo. Ninguna elocuencia habría sido tan devastadora para la fe en la humanidad como su estallido final de sinceridad. Él también luchaba consigo mismo. Lo vi—lo oí. Vi el inconcebible misterio de un alma que no conocía la moderación, ni la fe, ni el temor, forcejeando a ciegas, sin embargo, consigo misma. Mantuve bastante bien la cabeza; pero cuando por fin lo hube tendido en el sofá, me sequé la frente, mientras las piernas me temblaban como si hubiera cargado con media tonelada a mis espaldas ladera abajo. Y sin embargo, apenas lo había sostenido, con su brazo huesudo rodeando mi cuello—y no pesaba mucho más que un niño.
“Cuando al día siguiente partimos al mediodía, la multitud, de cuya presencia tras el biombo de árboles había tenido aguda conciencia todo el tiempo, volvió a salir de los bosques, llenó el claro, cubrió la pendiente con una masa de cuerpos de bronce desnudos, respirantes, palpitantes. Me puse a echar vapor y luego viré río abajo, y dos ojos mil siguieron las evoluciones del demonio fluvial, barbotante, tronador, feroz, que