Echaba de menos a mi difunto timonel terriblemente; lo echaba de menos incluso cuando su cuerpo aún yacía en el entrepuente. Quizá os parezca de lo más extraño este lamento por un salvaje que no tenía más importancia que un grano de arena en un Sáhara negro. Bueno, ¿no comprendéis que él había hecho algo, había gobernado; durante meses lo había tenido a mi espalda —una ayuda— un instrumento. Era una especie de asociación. Él gobernaba para mí; yo tenía que cuidar de él, me preocupaba por sus deficiencias y, así, se había creado un vínculo sutil del que solo vine a percatarme cuando se rompió de repente. Y la profunda intimidad de esa mirada que me dirigió cuando recibió la herida permanece hasta el día de hoy en mi memoria, como la reivindicación de un lejano parentesco afirmada en un momento supremo.
“¡Pobre infeliz! Si tan solo hubiera dejado en paz esa contraventana. No tenía templanza, ninguna templanza—igual que Kurtz—, un árbol mecido por el viento. Tan pronto como hube calzado un par de zapatillas secas, lo arrastré hacia fuera, no sin antes arrancarle de un tirón la lanza del costado, operación