con poca capacidad para sopesar las consecuencias, con valor, con fuerza, incluso entonces, aunque sus pieles ya no brillaran y sus músculos ya no estuvieran duros. Y vi que algo restrictivo, uno de esos secretos humanos que desafían la probabilidad, había entrado en juego allí. Los miré con un rápido florecimiento de interés —no porque se me ocurriera que pudieran comerme dentro de poco, aunque os confieso que en ese momento percibí —bajo una nueva luz, por así decirlo— lo poco saludables que parecían los peregrinos, y esperaba, sí, esperaba firmemente que mi aspecto no fuera tan... ¿cómo diría?... tan... poco apetecible: un toque de vanidad fantástica que encajaba bien con la sensación de sueño que impregnaba todos mis días por aquel entonces. Quizá también tuviera un poco de fiebre. Uno no puede vivir con el dedo permanentemente en el pulso. A menudo tenía «un poco de fiebre», o un leve toque de otras cosas: los zarpazos juguetones de la naturaleza salvaje, el preámbulo trivial antes del asalto más serio que llegaba a su debido tiempo. Sí; los miré como se mira a cualquier ser humano, con curiosidad por sus impulsos, motivos, capacidades, debilidades, cuando se ponen a prueba ante una necesidad física inexorable. ¡Contención! ¿Qué contención posible? ¿Era superstición, repugnancia, paciencia, miedo... o algún tipo de honor primitivo? Ningún miedo puede hacer frente al hambre, ninguna paciencia puede agotar el hambre, la repugnancia sencillamente no existe donde hay hambre; y en cuanto a la superstición, las creencias y lo que podéis llamar principios, son menos que paja en el viento. ¿No conocéis la diablura de la inanición persistente, su tormento exasperante, sus pensamientos negros, su ferocidad sombría y meditabunda? Bueno, yo sí. Le toma a un hombre toda su fuerza innata combatir el hambre adecuadamente. Es en realidad más fácil enfrentarse al duelo, a la deshonra y a la perdición del alma que a este tipo de hambre prolongada. Triste, pero cierto. Y estos tipos tampoco tenían ninguna razón terrenal para tener escrúpulo alguno. ¡Contención! Habría esperado contención de una hiena merodeando entre los cadáveres de un campo de batalla. Pero ahí estaba
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