mediante las ceremonias inconcebibles de alguna iniciación diabólica. Era su mimado y consentido favorito. ¿Marfil? Ya lo creo. Montones de él, pilas de él. La vieja choza de barro rebosaba de él. Uno habría pensado que no quedaba ni un solo colmillo, ni arriba ni abajo de la tierra, en todo el país. «Principalmente fósil», había comentado el gerente, con desdén. No era más fósil que yo; pero lo llaman fósil cuando lo desentierran. Parece que estos negros a veces entierran los colmillos—pero evidentemente no pudieron enterrar este lote lo suficientemente profundo como para salvar al dotado señor Kurtz de su destino. Llenamos el vapor con él y tuvimos que apilar una gran cantidad en la cubierta. Así pudo ver y disfrutar mientras pudo ver, porque la apreciación de este favor le había durado hasta el final. Habrían tenido que oírle decir: «Mi marfil». Oh, sí, lo oí. «Mi Prometida, mi marfil, mi estación, mi río, mi—» todo le pertenecía. Me hizo contener la respiración a la espera de oír a la selva estallar en una estruendosa carcajada que sacudiría las estrellas fijas en sus lugares. Todo le pertenecía—pero eso era una minucia. Lo importante era saber a qué pertenecía él, cuántos poderes de las tinieblas lo reclamaban como suyo. Esa era la reflexión que te ponía los pelos de punta. Era imposible—y tampoco era bueno para uno—intentar imaginarlo. Había ocupado un asiento de honor entre los demonios de la tierra—lo digo literalmente.
No puedes entender. ¿Cómo podrías?—con pavimento sólido bajo tus pies, rodeado de vecinos bondadosos dispuestos a animarte o a caerte encima, caminando con delicadeza entre el carnicero y el policía, bajo el santo terror del escándalo, la horca y los manicomios—, ¿cómo puedes imaginar a qué región particular de las primeras edades pueden llevar a un hombre sus pasos desatados a través de la soledad—la absoluta soledad sin un policía—, a través del silencio—el absoluto silencio, donde