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nydus/Heart of DarknessPublic
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III

El volumen de tono que emitía sin esfuerzo, casi sin la molestia de mover los labios, me asombró. ¡Una voz! ¡Una voz! Era grave, profunda, vibrante, mientras que el hombre no parecía capaz ni de un susurro. Sin embargo, tenía suficiente fuerza en su interior —facticia sin duda— como para acabar casi con nosotros, como oirán enseguida.

El administrador apareció silenciosamente en el umbral; salí en el acto y él corrió la cortina tras de mí. El ruso, observado con curiosidad por los peregrinos, estaba contemplando la orilla. Seguí la dirección de su mirada.

Se podían distinguir oscuras siluetas humanas a lo lejos, revoloteando confusamente contra el sombrío linde del bosque, y cerca del río dos figuras de bronce, apoyadas en altas lanzas, se erguían bajo la luz del sol con fantásticos tocados de pieles manchadas, guerreras y quietas en un reposo estatuario.

Y de derecha a izquierda a lo largo de la orilla iluminada se movía la aparición salvaje y espléndida de una mujer.

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