Miré hacia atrás. Estábamos a menos de treinta yardas del fuego más cercano. Una figura negra se puso de pie, cruzó dando zancadas con sus largas piernas negras y agitando sus largos brazos negros frente al resplandor. Tenía cuernos —cuernos de antílope, creo— en la cabeza. Algún hechicero, algún brujo, sin duda: tenía un aspecto lo suficientemente demoníaco.
—¿Sabes lo que estás haciendo? —susurré.
—Perfectamente —contestó, alzando la voz solo para esa palabra; me sonó lejana y sin embargo fuerte, como un grito a través de un megáfono.
«Si arman un escándalo estamos perdidos», pensé para mis adentros. Claramente no era un caso para ir a los puños, aun sin contar la natural aversión que sentía a golpear a esa Sombra, a este ente errante y atormentado.
—Estarás perdido —dije—, totalmente perdido. Uno tiene a veces un destello