para alejarme de la orilla; pero mis pies se sentían tan cálidos y mojados que tuve que mirar hacia abajo. El hombre había rodado boca arriba y me miraba fijamente; ambas manos apretaban aquel bastón. Era el asta de una lanza que, arrojada o clavada a través de la abertura, lo había alcanzado en el costado, justo debajo de las costillas; la hoja se había hundido hasta desaparecer tras causar una herida espantosa; mis zapatos estaban llenos; un charco de sangre yacía muy quieto, brillando de un rojo oscuro bajo la rueda; sus ojos brillaban con un brillo asombroso. El tiroteo estalló de nuevo. Me miró con ansiedad, aferrando la lanza como algo precioso, con aire de temer que intentara quitársela. Tuve que hacer un esfuerzo para liberar mis ojos de su mirada y atender al timón. Con una mano busqué por encima de mi cabeza la cuerda del silbato de vapor y lancé chillidos y más chillidos deprisa y a trompicones. El tumulto de gritos iracundos y belicosos se detuvo al instante, y entonces desde las profundidades del bosque brotó un lamento tan trémulo y prolongado de miedo fúnebre y total desesperación como el que cabría imaginar tras la huida de la última esperanza de la tierra. Hubo una gran conmoción en la espesura; la lluvia de flechas cesó, unos cuantos disparos sueltos resonaron con fuerza y luego el silencio, en el que el latido lánguido de la rueda de paletas trasera llegó claramente a mis oídos. Puse el timón a estribor en el momento en que el peregrino en pijama rosa, muy sofocado y agitado, apareció en el umbral. «El gerente me manda...», comenzó en tono oficial, y se detuvo en seco. «¡Dios santo!», exclamó, mirando fijamente al herido.
“Nosotros dos, blancos, estábamos de pie sobre él, y su mirada brillante y escrutadora nos envolvió a ambos. ¡Válgame Dios!, parecía como si fuera a hacernos de un momento a otro algunas preguntas en un idioma comprensible; pero murió sin emitir un sonido, sin mover un miembro, sin contraer un músculo. Solo en el último momento, como en respuesta a alguna señal que no podíamos ver, a algún susurro que no podíamos oír, frunció fuertemente