fijamente, se corrigió—: No exactamente. Luego, con vivacidad: —¡Válgame Dios, su caseta de pilotaje
En la siguiente exhalación me aconsejó que mantuviera suficiente presión en la caldera para hacer sonar el silbato en caso de cualquier problema.
«Un buen chillido hará más por ustedes que todos sus rifles. Son gente sencilla», repitió.
Hablaba a toda máquina, de un modo que me dejó abrumado. Parecía estar intentando compensar un montón de silencio, y de hecho insinuó, riendo, que ese era el caso.
«¿No habla usted con el señor Kurtz?», le dije.
«Con ese hombre no se habla; se le escucha», exclamó con severa exaltación. «Pero ahora...»
Agitó el brazo y, en un abrir y cerrar de ojos, cayó en lo más profundo del desaliento.