CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/Heart of DarknessPublic
Página 136 de 148
Table of Contents

III

para soñar sus sueños insignificantes y estúpidos. Invadían mis pensamientos. Eran intrusos cuyo conocimiento de la vida era para mí una pretensión irritante, porque estaba tan seguro de que no podían saber en absoluto las cosas que yo sabía. Su porte, que era simplemente el porte de individuos corrientes ocupados en sus asuntos con la seguridad de una perfecta seguridad, me resultaba ofensivo, como las ostentaciones escandalosas de la necedad ante un peligro que es incapaz de comprender. No tenía ningún deseo particular de iluminarlos, pero tuve cierta dificultad para reprimir las ganas de reír en sus caras tan llenas de estúpida importancia. Me atrevo a decir que no estaba muy bien por entonces. Andaba tambaleándome por las calles —había varios asuntos que resolver— sonriendo amargamente a personas perfectamente respetables. Admito que mi comportamiento era inexcusable, pero es que mi temperatura rara vez era normal por aquellos días. Los esfuerzos de mi querida tía por «restituir mis fuerzas» parecían completamente fuera de lugar. No eran mis fuerzas las que necesitaban restitución, era mi imaginación la que necesitaba calma. Conservé el atado de papeles que me había dado Kurtz, sin saber exactamente qué hacer con él. Su madre había muerto hacía poco, vigilada, según me dijeron, por su Prometida. Un hombre afeitado al ras, de modales oficiales y con gafas de montura dorada, me visitó un día y se, informó, primero con rodeos, después con suave insistencia, acerca de lo que le placía denominar ciertos «documentos». No me sorprendió, porque ya había tenido dos discusiones con el gerente sobre el tema allá en la selva. Me había negado a entregar ni el más pequeño fragmento de ese paquete, y mantuve la misma actitud con el hombre de las gafas. Se volvió oscuramente amenazante al final y, con mucha vehemencia, argumentó que la Compañía tenía derecho a cada ápice de información sobre sus «territorios». Y dijo: «El conocimiento del señor Kurtz sobre regiones inexploradas debió de ser necesariamente extenso y peculiar —debido a sus grandes aptitudes y a las deplorables circunstancias en las que se había visto colocado—: por lo tanto—». Le aseguré que el conocimiento del

136