quede boquiabierto y se estremezca—el hombre sabe, y puede mirar sin pestañear. Pero al menos debe ser tan hombre como estos de la orilla. Debe enfrentarse a esa verdad con su propia pasta verdadera—con su propia fuerza innata. Los principios no sirven. Las adquisiciones, la ropa, los lindos andrajos—andrajos que saldrían volando a la primera buena sacudida. No; uno necesita una creencia deliberada. ¿Una llamada hacia mí en este inferrono estruendo—la hay? Muy bien; la oigo; lo admito, pero yo también tengo voz, y para bien o para mal la mía es la palabra que no puede ser silenciada. Por supuesto, un tonto, entre el puro susto y los buenos sentimientos, siempre está a salvo.
¿Quién es ese que gruñe? ¿Te extraña que no bajara a tierra para aullar y bailar? Pues no, no bajé. ¿Nobles sentimientos, dices? ¡Nobles sentimientos, y un rábano! No tenía tiempo. Tenía que andar trasteando con albayalde y tiras de manta de lana ayudando a poner vendajes en aquellas tuberías de vapor que goteaban, te lo digo yo. Tenía que vigilar el timón, y esquivar aquellos troncos sumergidos, y sacar adelante el cachivache como fuera. Había suficiente verdad superficial en estas cosas como para salvar a un hombre más prudente.
Y entretanto tenía yo que cuidar del salvaje que hacía de calefactor. Era un espécimen mejorado; sabía alimentar una caldera vertical. Estaba allí abajo, debajo de mí, y, a fe mía, mirarle era tan edificante como ver a un perro con pantalones de parodia y sombrero de plumas, caminando sobre sus patas traseras. Unos pocos meses de adiestramiento habían acabado con aquel muchacho verdaderamente magnífico. Miraba de soslayo el manómetro y el indicador de nivel de agua con un evidente esfuerzo de intrepidez —y también tenía los dientes limados, el pobre diablo, y la lana de su cabeza rapada formando extraños dibujos, y tres cicatrices ornamentales en cada una de sus mejillas.