y espero no volver a verlo nunca. Oh, no me conmovió. Me fascinó. Fue como si un velo se hubiera rasgado. Vi en aquel rostro de marfil la expresión de un orgullo sombrío, de un poder despiadado, de un terror cobarde—de una desesperación intensa y sin esperanza. ¿Revivió su vida en cada detalle de deseo, tentación y rendición durante aquel supremo momento de conocimiento pleno? Clamó en un susurro ante alguna imagen, ante alguna visión—clamó dos veces, un grito que no era más que un soplo:
—«¡El horror! ¡El horror!»
“Apagué la vela y salí del camarote. Los peregrinos estaban cenando en el comedor, y ocupé mi puesto enfrente del gerente, quien levantó los ojos para lanzarme una mirada inquisitiva, que ignoré con éxito. Él se reclinó hacia atrás, sereno, con esa sonrisa suya tan particular que sellaba las profundidades inexpresadas de su mezquindad. Una lluvia continua de mosquitas caía sobre la lámpara, sobre el mantel, sobre nuestras manos y rostros. De repente, el criado del gerente asomó su insolente cabeza negra por el umbral y dijo con un tono de desprecio lacerante: