al final de ese conmovedor alegato a favor de todo sentimiento altruista brillaba ante usted, luminoso y aterrador, como un relámpago en un cielo sereno: «¡Exterminad a todas las bestias!». Lo curioso era que al parecer se había olvidado por completo de ese valioso postscriptum, porque, más tarde, cuando en cierto modo volvió en sí, me suplicó repetidamente que cuidara bien de «su folleto» (así lo llamaba), ya que con certeza tendría en el futuro una gran influencia en su carrera.
Yo estaba plenamente informado de todas estas cosas y, además, según resultó, iba a encargarme de cuidar su memoria.
He hecho lo suficiente como para tener el derecho indiscutible de arrojarla, si así lo decido, a un descanso eterno en el basurero del progreso, entre todos los despojos y, metafóricamente hablando, todos los gatos muertos de la civilización.
Pero entonces, ya ve, no puedo elegir. No se le olvidará. Fuera lo que fuese, no era común. Tenía el poder de hechizar o aterrorizar a almas rudimentarias hasta arrastrarlas a una danza de brujas exacerbada en su honor; también podía llenar las pequeñas almas de los peregrinos de amargas dudas: tenía al menos un amigo devoto y había conquistado un alma en el mundo que no era ni rudimentaria ni estaba manchada por el egoísmo.
No; no puedo olvidarlo, aunque no estoy dispuesto a afirmar que el tipo valiera exactamente la vida que perdimos para llegar hasta él.