No se me oculta cuántos han tenido y tienen la opinión de que los asuntos del mundo están gobernados por la fortuna y por Dios, de modo que los hombres, con su prudencia, no pueden dirigirlos y que, por el contrario, no tienen recurso alguno; por lo cual podrían inferir que no es necesario fatigarse mucho en las cosas, sino dejarse regir por el azar.
Esta opinión ha sido más creída en nuestros tiempos debido a las grandes mudanzas que se han visto y se ven todos los días, fuera de toda conjetura humana. Pensando en ello alguna vez, me he inclinado en parte hacia su parecer.
No obstante, para que no se anule nuestro libre albedrío, juzgo que puede ser verdad que la fortuna sea árbitra de la mitad de nuestras acciones,46 pero que a nosotros nos deja gobernar la otra mitad, o al menos parte de ella.
La comparo con uno de esos ríos impetuosos que, cuando se desbordan, inundan las llanuras, arrastran árboles y edificios, y desplazan la tierra de un lugar a otro; todo huye ante ellos, todo cede a su violencia sin poder oponerse de ninguna manera; y aun siendo de esta naturaleza, no se sigue de ello que los hombres, cuando el tiempo mejora, no puedan tomar precauciones, tanto con diques como con defensas, de modo que, al volver a crecer las aguas, estas discurran por un canal y su fuerza no sea ni tan desenfrenada ni tan peligrosa.