de los hombres, que no creen fácilmente en las cosas nuevas hasta que tienen una larga experiencia de ellas. De esto resulta que, siempre que los hostiles tienen la oportunidad de atacar, lo hacen como partidarios, mientras que los otros defienden con tibieza, de tal manera que el príncipe se halla en peligro junto con ellos.
Es necesario, por lo tanto, si deseamos discutir este asunto a fondo, inquirir si estos innovadores pueden valerse por sí mismos o tienen que depender de otros; es decir, si para consumentar su empresa deben recurrir a los ruegos o pueden usar la fuerza.
En el primer caso siempre fracasan y nunca logran nada; pero cuando pueden valerse por sí mismos y usar la fuerza, rara vez corren peligro. De ahí viene que todos los profetas armados hayan vencido, y los desarmados hayan sido destruidos.
Además de las razones mencionadas, la naturaleza de los pueblos es variable, y si bien es fácil persuadirlos, es difícil mantenerlos firmes en esa persuasión. Y así es necesario tomar tales medidas que, cuando ya no crean, sea posible hacerlos creer por la fuerza.