Apenas los pistoieses tuvieron noticia de esta derrota, expulsaron a los amigos de los güelfos y se rindieron a Castruccio.
No se contentó con ocupar Prato y todos los castillos de las llanuras a ambos lados del Arno, sino que marchó con su ejército hacia la llanura de Peretola, a unas dos millas de Florencia. Aquí permaneció muchos días, repartiendo el botín y celebrando su victoria con festejos y juegos, organizando carreras de caballos y carreras a pie para hombres y mujeres.
También acuñó medallas en conmemoración de la derrota de los florentinos. Intentó corromper a algunos de los ciudadanos de Florencia, quienes debían abrir las puertas de la ciudad por la noche; pero la conspiración fue descubierta y los participantes en ella apresados y decapitados, entre los cuales se encontraban Tommaso Lupacci y Lambertuccio Frescobaldi.
Esta derrota causó gran ansiedad a los florentinos y, desesperando de conservar su libertad, enviaron embajadores al rey Roberto de Nápoles, ofreciéndole el dominio de su ciudad; y este, sabiendo cuán inmensa importancia tenía para él el mantenimiento de la causa güelfa, lo aceptó. Acordó con los florentinos recibir de ellos un tributo anual de doscientos mil florines y envió a su hijo Carlos a Florencia con cuatro mil jinetes.
Poco después de esto, los florentinos se vieron liberados en cierta medida de la presión del ejército de Castruccio, debido a que este se vio obligado a abandonar sus posiciones frente a Florencia y marchar sobre Pisa, con el fin de sofocar una conspiración que se había levantado en su contra por obra de Benedetto Lanfranchi, uno de los hombres principales de Pisa, quien no soportaba que su patria estuviera bajo el dominio de los lucqueses. Había urdido esta conspiración con la intención de apoderarse de la ciudadela, matar a los partidarios de Castruccio y expulsar a la guarnición. Sin embargo, así como en toda conspiración la escasez de