Sin más resistencia, Pistoya pasó a manos de Castruccio, quien, habiendo obligado a la Señoría a abandonar el palacio, forzó al pueblo a rendirle obediencia, haciéndoles muchas promesas y condonando sus deudas antiguas.
Los habitantes del campo acudieron en masa a la ciudad para ver al nuevo príncipe, y todos se llenaron de esperanza y se aquietaron rápidamente, influenciados en gran medida por su gran valor.
Por este tiempo surgieron grandes turbulencias en Roma, debido a la carestía de la vida provocada por la ausencia del pontífice en Aviñón. Al gobernador alemán, Enrico, se le culpaba en gran medida de lo sucedido; los asesinatos y tumultos se sucedían a diario sin que él fuera capaz de ponerles fin.
Esto causó a Enrico una gran preocupación por temor a que los romanos llamasen a Ruberto, el rey de Nápoles, quien expulsaría a los tedescos de la ciudad y haría regresar al Papa. Como no tenía ningún amigo más cercano a quien pedir ayuda que a Castruccio, le envió recado rogándole no solo que le prestara asistencia, sino que acudiera también en persona a Roma.
Castruccio consideró que no debía dudar en prestar al emperador este servicio, porque creía que él mismo no estaría seguro si en algún momento el emperador dejaba de dominar Roma.
Dejando a Pagolo Guinigi al mando en Lucca, Castruccio partió hacia Roma con seiscientos jinetes, donde fue recibido por Enrico con la mayor distinción.