Aquellos que solo por buena fortuna pasan de particulares a príncipes, ascienden sin apenas esfuerzo, pero se mantienen con muchísima dificultad; no encuentran trabas en el camino porque vuelan, pero las tienen todas al llegar a la cima.
Tales son aquellos a quienes se les da un Estado por dinero o por el favor de quien se lo concede, como les sucedió a muchos en Grecia, en las ciudades de Jonia y del Helesponto, donde Darío instituyó príncipes para que las gobernaran y le sirvieran de seguridad y gloria; y como también les ocurrió a aquellos emperadores que, por corrupción de los soldados, pasaron de ciudadanos a emperadores.
Estos se sostienen únicamente sobre la voluntad y la fortuna de quien los ha elevado —dos cosas sumamente inconstantes e inestables—. Carecen, además, de los conocimientos necesarios para el puesto; pues, a menos que sean hombres de gran talento y virtud, no es razonable esperar que sepan mandar, ya que siempre han vivido en condición privada; y, por añadidura, no pueden conservarlo porque no disponen de fuerzas que les sean fieles y amigas.
Los Estados que surgen de improviso, por lo tanto, como todas las demás cosas de la naturaleza que nacen y crecen con rapidez, no pueden tener