empresas sin gravar a su pueblo; así resulta que ejerce la liberalidad con todos aquellos a quienes no quita, que son innumerables, y la mezquindad con aquellos a quienes no da, que son pocos.
No hemos visto grandes cosas hechas en nuestro tiempo sino por aquellos que han sido considerados tacaños; los demás han fracasado. El papa Julio Segundo fue ayudado a alcanzar el papado por su fama de liberal, sin embargo, no se esforzó después en mantenerla cuando hizo la guerra al rey de Francia; y libró muchas guerras sin imponer ningún impuesto extraordinario a sus súbditos, pues suplió sus gastos adicionales con su prolongada frugalidad.
El actual rey de España no habría emprendido ni conquistado tantas empresas de haber tenido fama de liberal.
Un príncipe, por tanto, siempre que no tenga que robar a sus súbditos, que pueda defenderse, que no se vuelva pobre y despreciable, que no se vea obligado a volverse rapaz, debe tener en poco la fama de ser tacaño, pues es uno de esos vicios que le permitirán gobernar.
Y si alguno dijere: César conquistó el imperio por la liberalidad, y muchos otros han llegado a las más altas posiciones por haber sido liberales y por ser tenidos por tales, yo respondo: O ya sois un príncipe de hecho, o estáis en camino de serlo. En el primer caso esta liberalidad es peligrosa; en el segundo, es muy necesario ser tenido por liberal; y César era de aquellos que deseaban llegar a ser preeminentes en Roma; pero si hubiera sobrevivido después de haberlo sido, y no hubiese moderado sus gastos, habría destruido su gobierno. Y si alguno replicase: Muchos han sido príncipes, y han hecho grandes cosas con ejércitos, que han sido tenidos por muy liberales, yo replico: O el príncipe gasta lo que es suyo y de sus súbditos, o lo ajeno. En el primer caso debe ser parco; en el segundo, no debe descuidar ninguna oportunidad de liberalidad.