Que nadie se extrañe si, al hablar de los principados del todo nuevos, como haré, aduzco los más altos ejemplos tanto de príncipe como de Estado; porque los hombres, caminando casi siempre por senderos trillados por otros, y siguiendo por imitación sus acciones, no pueden sin embargo mantenerse por completo en las vías ajenas ni alcanzar el poder de aquellos a quienes imitan.
Un hombre prudente debe seguir siempre los caminos trillados por los grandes hombres, e imitar a los que han sido supremos, para que, si su habilidad no iguala a la de ellos, al menos conserve un dejo de la misma. Debe actuar como los arqueros prudentes que, al proponerse dar en un blanco que sin embargo parece demasiado distante, y conociendo los límites que alcanza la fuerza de su arco, apuntan mucho más alto que el blanco, no para alcanzar con su fuerza o flecha tanta altura, sino para poder, con la ayuda de una mira tan alta, acertar al blanco que desean alcanzar.
Digo, por tanto, que en los principados enteramente nuevos, donde hay un príncipe nuevo, se encuentra mayor o menor dificultad para conservarlos según que mayor o menor sea la habilidad de quien ha adquirido el Estado.