Cuando el duque ocupó la Romaña, la encontró bajo el dominio de señores débiles que más bien despojaban a sus súbditos que los gobernaban, y les daban más motivos de desunión que de unión, de modo que el país estaba lleno de pillaje, reyertas y toda clase de violencia; por lo que, deseando devolverle la paz y la obediencia a la autoridad, consideró necesario darle un buen gobernador.
Para ello promovió a Messer Ramiro d’Orco,11 un hombre expeditivo y cruel, a quien dio los más amplios poderes. Este hombre, en poco tiempo y con el mayor éxito, restableció la paz y la unidad.
Más tarde, el duque consideró que no era prudente conferir una autoridad tan excesiva, pues no dudaba de que llegaría a hacerse aborrecible; por lo que estableció en el país un tribunal de justicia bajo un presidente excelente, en el cual cada ciudad tenía sus propios abogados. Y sabiendo que el rigor pasado le había atraído cierto odio, para disculparse ante los pueblos y ganárselos por completo, quiso demostrar que, si se había cometido alguna crueldad, esta no procedía de él, sino de la índole severa del ministro.
Con este pretexto, hizo apresar a Ramiro y, una mañana, mandó que lo ejecutaran y lo dejaran en la plaza de Cesena con el tajo y un cuchillo ensangrentado al lado. La crueldad de este espectáculo dejó al pueblo a la vez satisfecho y estupefacto.
Pero volvamos de donde partimos. Digo que el duque, viéndose ya suficientemente poderoso y a salvo en parte de los peligros inmediatos por haberse armado a su manera, y tras haber aniquilado en gran medida a aquellas fuerzas de su vecindad que podían perjudicarle si deseaba continuar su conquista, tuvo que pensar a continuación en Francia, pues sabía que el rey, quien demasiado tarde se había dado cuenta de su error, no lo apoyaría. Y a partir de este momento comenzó a buscar nuevas alianzas y a contemporizar con Francia en la expedición que esta hacía hacia el reino