Es necesario, pues, ser zorro para conocer las trampas y león para espantar a los lobos. Los que dependen únicamente del león no entienden el asunto.
Por tanto, un señor prudente no puede ni debe guardar fidelidad cuando tal observancia se vuelva en su contra, y cuando ya no existan las razones que motivaron su promesa.
Si los hombres fueran todos buenos, este precepto no sería bueno; pero como son malvados y no la guardarían contigo, tú tampoco estás obligado a guardarla con ellos.
Y a un príncipe nunca le faltarán razones legítimas para justificar esta inobservancia. De esto se podrían dar infinitos ejemplos modernos, mostrando cuántos tratados y compromisos se han vuelto nulos e inútiles por la infidelidad de los príncipes; y el que mejor ha sabido usar al zorro es el que ha salido mejor librado.
Pero es necesario saber disfrazar bien esta característica, y ser un gran simulador y disimulador; y los hombres son tan simples, y están tan sometidos a las necesidades del presente, que aquel que engaña siempre encontrará a alguien que se deje engañar.
Un ejemplo reciente no puedo pasarlo en silencio. Alejandro VI no hizo otra cosa que engañar a los hombres, ni jamás pensó en hacer otra cosa, y siempre encontró víctimas; pues nunca hubo hombre que tuviera mayor poder para asegurar, ni que con mayores juramentos afirmara una cosa, y sin embargo la cumpliera menos; no obstante, sus engaños siempre salieron a pedir de boca,39 porque conocía bien esta faceta de la humanidad.
Por tanto, no es necesario que un príncipe posea todas las buenas cualidades que he enumerado, pero es muy necesario que parezca tenerlas. Y me atreveré a decir también esto: que, teniéndolas y