ciudad en la que nació; pero, como a muchos otros, ni su nacimiento le favoreció ni se distinguió por él, como el curso de esta historia demostrará. Me ha parecido conveniente evocar su memoria, porque he discernido en él tales indicios de valor y fortuna que debe constituir un gran ejemplo para los hombres. Pienso asimismo que debo llamar vuestra atención sobre sus acciones, puesto que vosotros, de todos los hombres que conozco, sois los que más os deleitáis en las obras nobles.
La familia de los Castracani figuraba antiguamente entre las familias nobles de Lucca, pero en los días de los que hablo había venido un tanto a menos en su hacienda, como suele suceder tan a menudo en este mundo.
En esta familia nació un hijo, Antonio, que se convirtió en sacerdote de la orden de San Miguel de Lucca y, por esta razón, fue honrado con el título de Messer Antonio. Tenía una única hermana que se había casado con Buonaccorso Cenami, pero, muerto Buonaccorso, ella se quedó viuda y, no queriendo volver a casarse, se fue a vivir con su hermano.
Messer Antonio tenía un viñedo detrás de la casa donde residía, y como estaba rodeado por todos lados de jardines, cualquier persona podía acceder a él sin dificultad. Una mañana, poco después de la salida del sol, Madonna Dianora, como se llamaba a la hermana de Messer Antonio, tuvo ocasión de ir al viñedo como de costumbre a recoger hierbas para aderezar la cena, y al oír un leve susurro entre las hojas de una vid, volvió los ojos en esa dirección y escuchó algo parecido al llanto de un infante. Por lo cual se acercó y vio las manos y la cara de un bebé que yacía envuelto entre las hojas y que parecía estar llorando por su madre.