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nydus/Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España, Tomo IIIPublic
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CAPÍTULO CLXXXI.

nuevamente venidos de Castilla, y medio isleño, hijo de ginovés, y como iba malo, y sin tener qué le dar de comer, sino tortillas y pinol, ya que llegábamos obra de media legua de donde estaba Sandoval, se murió en el camino y no tuve gente para llevar el cuerpo muerto hasta el real; y llegado donde el Sandoval estaba, le dije de nuestro viaje y del hombre que se quedó muerto, y hubo enojo conmigo porque entre todos nosotros no le trujimos á cuestas ó en un caballo, y le dijimos al Sandoval que traiamos dos dolientes en cada caballo é nos veniamos á pié, y que por esta causa no se pudo traer; y un soldado que se decia Bartolomé de Villanueva, que era mi compañero, respondió al Sandoval muy soberbio que harto teniamos que traer nuestras personas, sin traer muertos á cuestas, y que renegaba de tanto trabajo é pérdida como Cortés nos habia causado; y luego mandó Sandoval á mí y al Villanueva, sin más parar le fuésemos á enterrar; y llevamos dos indios mejicanos y un azadon, é hicímosle su sepultura y lo enterramos y le pusimos una cruz, y hallamos en la faltriquera del muerto una taleguilla con muchos dados y un papel escrito, que era una memoria de donde era natural y cúyo hijo era y qué bienes tenia en Tenerife; é despues, el tiempo andando, se envió aquella memoria á Tenerife; perdónele Dios, amen.

Dejemos de contar cuentos, y quiero decir que luego Sandoval acordó que fuésemos á otros pueblos que agora están cerca de unas minas que descubrieron dende á tres años; y dende allí fuimos á otro pueblo que se dice Quinistan, y otro dia á hora de Misa fuimos á Naco, y en aquella sazon era buen pueblo y hallámosle despoblado de aquel mismo dia; y despues de nos aposentar en unos patios muy grandes, adonde habian degollado al maestre de campo Cristóbal de Olí, otras veces por mí nombrado, que estaba el pueblo bien bastecido de maíz y de frisoles y ají, y tambien hallamos un poco de sal, que era la cosa que más deseábamos, y allí asentamos nuestro fardaje, como si hubiéramos de estar en él para siempre.

Hay en este pueblo la mejor agua que habiamos visto en toda la Nueva-España, y un árbol que en mitad de la siesta, por recio sol que hiciese,

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