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nydus/Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España, Tomo IIIPublic
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CAPÍTULO CXCVIII.

pobres, y no con buenas famas; y dende á dos ó tres años dijeron que murieron, é ya en esta sazon habia su majestad mandado que viniese á la Nueva-España por viso-rey el ilustrísimo y buen caballero, é digno de loable memoria, don Antonio de Mendoza, hermano del marqués de Mondéjar; y vinieron por oidores el doctor Quesada, natural de Ledesma, y el licenciado Tejada, de Logroño, y aun en aquel tiempo estaba por oidor el licenciado Maldonado, que aun no habia ido á ser presidente de Guatimala; y tambien vino por oidor un licenciado que se decia Loaysa, natural de Ciudad-Real, y como era hombre viejo, estuvo tres ó cuatro años en Méjico, y allegó pesos de oro para irse á Castilla y se volvió á su casa; y de ahí á poco tiempo vino un licenciado de Sevilla, que se decia Santillana, que despues fué doctor, y todos fueron muy buenos jueces; y despues que se les hizo grandes recebimientos en la entrada de aquella ciudad, se pregonó residencia general contra el presidente é oidores pasados, y todos los hallaron muy rectos y buenos, y usaron de sus cargos conforme á justicia.

Y volviendo á nuestra relacion cerca del Nuño de Guzman, que se estaba en Xalisco, y como el virey don Antonio de Mendoza alcanzó á saber que su majestad mandó venir al licenciado de la Torre á tomalle residencia en Xalisco y echalle preso en la cárcel pública, y hacerle que pagase al marqués del Valle lo que se hallase deberle, y á los conquistadores tambien nos pagase en lo que nos sentenció sobre lo de Narvaez, por hacerle bien y porque no fuese molestado y afrentado, le envió á llamar que viniese luego á Méjico sobre su palabra, y le señaló por posada sus palacios; y el Nuño de Guzman así lo hizo, que se vino luego; y el virey le hacia mucha honra y le favorecia, y comia con él; y en este instante llegó á Méjico el licenciado de la Torre, y como traia mandado de su majestad que luego echase preso á Nuño de Guzman y que en todo hiciese justicia, puesto que primero lo comunicó con el virey, y parece ser no halló tanta voluntad para ello como quisiera, acordó de le sacar de la posada del virey, á do estaba; y decia á voces:

—«Esto manda su majestad; ansí se ha de hacer, y no otra cosa.»

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