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nydus/Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España, Tomo IIIPublic
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CAPÍTULO CCX.

grandeza en casas fuertes, y aquellos fueron sus sepulcros y allí están sus blasones; y á lo que á mí se me figura, con letras de oro habian de estar escritos sus nombres, pues murieron aquella cruelísima muerte, y por servir á Dios y á su majestad y dar luz á los que estaban en tinieblas, y tambien por haber riquezas, que todos los hombres comunmente venimos á buscar.

»Y demas de le haber dado cuenta á la ilustre Fama, me pregunta por los que pasaron con Narvaez y con Garay; digo que los de Narvaez fueron mil y trecientos, sin contar entre ellos hombres de la mar, y no son vivos de todos ellos sino diez ó once, que todos los más murieron en las guerras y sacrificados, y sus cuerpos comidos de indios, ni más ni ménos que los nuestros; y los que pasaron con Garay de la isla de Jamáica, á mi cuenta, con las tres capitanías que vinieron á San Juan de Ulúa, ántes que pasase el Garay con los que trajo á la postre cuando él vino, serian por todos mil y ducientos soldados, y todos los más fueron sacrificados en la provincia de Pánuco, y comidos sus cuerpos de los naturales de la provincia.

»Y demas desto, pregunta la loable Fama por otros quince soldados que aportaron á la Nueva-España, que fueron de los de Lúcas Vazquez de Ayllon cuando le desbarataron, y él murió en la Florida.

»Á esto digo que todos son muertos; y hágoos saber, excelente Fama, que todos los que he recontado y ahora somos vivos de los de Cortés, hay cinco y estamos muy viejos y dolientes de enfermedades, y muy pobres y cargados de hijos, é hijas para casar y nietos, y con poca renta, y así pasamos nuestras vidas con trabajos y miserias.

»Y pues ya he dado cuenta de lo que me han preguntado, y de nuestros palacios y blasones y sepulcros, suplícoos, ilustrísima Fama, que de aquí adelante alceis más vuestra excelente y virtuosísima voz, para que en todo el mundo se vean claramente nuestras grandes proezas; porque hombres maliciosos, con sus sacudidas y envidiosas lenguas, no las escurezcan.»

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