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nydus/Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España, Tomo IIIPublic
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CAPÍTULO CLXIX.

Volvamos á nuestro cuento: que mostró Rangel provisiones en aquella villa, de Hernando Cortés, cómo le enviaba por capitan para que conquistase las provincias que estuviesen de guerra, y señaladamente la de Cimatan y Tulapan; y apercibió todos los más vecinos de aquella villa que fuésemos con él; y era tan temido Cortés, que aunque nos pesó, no osamos hacer otra cosa, como vimos sus provisiones, y fuimos con el Rangel sobre cien soldados, dellos á caballo y á pié, con obra de veinte y seis ballesteros y escopeteros; é fuimos por Tonala é Ayagualulco, é Copilco, Zacualco, y pasamos muchos rios en canoas y en barcas, y pasamos por Teutitan, Copilco y por todos los pueblos que llamamos la Chontalpa, que estaban de paz, é llegamos obra de cinco leguas de Cimatan, é en unas ciénagas y malos pasos estaban juntos todos los más guerreros de aquella provincia, y tenian hechos unos cercados y grandes albarradas de palos y maderos gruesos, y ellos de dentro con unos petriles y saeteras, por donde podian flechar; é de presto nos dan una tan buena refriega de flecha y vara tostada con tiraderas, que mataron siete caballos é hirieron ocho soldados, y al mismo Rangel, que iba á caballo, le dieron un flechazo en un brazo, y no le entró sino muy poco; y como los conquistadores viejos habiamos dicho al Rangel que siempre fuesen hombres sueltos á pié descubriendo caminos y celadas, y le habiamos dicho de otras veces cómo aquellos indios solian pelear muy bien y con maña, y como él era hombre que hablaba mucho, dijo que votaba á tal, que si nos creyera, que no le aconteciera aquello, y que de allí adelante que nosotros fuésemos los capitanes y le mandásemos en aquella guerra.

Y luego como fueron curados los soldados y ciertos caballos que tambien hirieron, demas de los siete que mataron, mandóme á mí que fuese adelante descubriendo, y llevaba un lebrel muy bravo, que era del Rangel, y otros dos soldados muy sueltos y ballesteros, y le dijeron que se quedase bien atrás con los de á caballo, y los soldados y ballesteros fuesen junto conmigo; é yendo nuestro camino para el pueblo de Cimatan, que era en aquel tiempo bien poblado, hallamos otras albarradas y fuerzas, ni más ni ménos que las pasadas, y tírannos á los que íbamos delante tanta flecha y

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