Pues ya este destierro firmado del tesorero, se lo fueron á notificar á Cortés, y dijo que lo cumpliria muy bien, y que daba gracias á Dios, que dello era servido, que de las tierras y ciudad que él con sus compañeros habia descubierto y ganado, derramando de dia y de noche mucha sangre de su cuerpo, y muerte de tantos soldados, que le viniesen á desterrar personas que no eran dignas de bien ninguno ni de tener los oficios que tienen, y que él iria á Castilla á dar relacion dello á su majestad y demandar justicia contra ellos; y que fué gran ingratitud la del tesorero, desconocido del bien que le habia hecho Cortés; y luego se salió de Méjico y se fué á una villa suya que se dice Cuyoacan, y dende allí á Tezcuco, y dende allí á pocos dias á Tlascala; y en aquel instante la mujer del tesorero, que se decia doña Marina Gutierrez de la Caballería, cierto digna de buena memoria por sus muchas virtudes, como supo el desconcierto que su marido habia hecho en sacar de las jaulas al factor y veedor y haber desterrado á Cortés, con gran pesar que tenia, le dijo á su marido:
—«Plega á Dios que por estas cosas que habeis hecho no os venga mal dello.»
Y le trujo á la memoria los bienes y mercedes que siempre Cortés le habia hecho, y los pueblos de indios que le dió, y que procurase de tornar á hacer amistades con él para que vuelva á la ciudad de Méjico, ó que se guardase muy bien, no le matasen; y tantas cosas le dijo, que, segun muchas personas despues platicaban, se habia arrepentido el tesorero de lo haber desterrado, y aun de haber sacado de las jaulas al factor y veedor, porque en todo le iban á la mano y eran muy contrarios á Cortés.
Y en aquella sazon vino de Castilla don fray Julian Garcés, primer Obispo que fué de Tlascala, y era natural de Aragon, y por honra del cristianísimo Emperador nuestro señor se llamó Carolense, y fué gran predicador, y se vino por su obispado de Tlascala; y como supo lo que el tesorero habia hecho en el destierro de Cortés, le pareció muy mal y por