que seria hora de vísperas, vimos á cinco de á caballo, y era Cortés y otros caballeros, que se habian salido á pasear por la costa, y cuando nos vieron de léjos no sabian qué cosa nueva podia ser; y como nos conoció Cortés, se apeó del caballo y con las lágrimas en los ojos nos vino á abrazar, y nosotros á él, y nos dijo:
—«¡Oh hermanos y compañeros mios, qué deseo tenia de veros y saber qué tales estábades!»
Y estaba tan flaco, que hubimos lástima de verle; porque, segun supimos, habia estado á punto de morir de calenturas y tristeza que en sí tenia, y aun en aquella sazon no sabia cosa buena ni mala de lo de Méjico; y dijeron otras personas que estaba ya tan á punto de morir, que le tenian hechos unos hábitos de San Francisco para le enterrar con ellos; y luego á pié se fué con todos nosotros á la villa, y nos aposentó y cenamos con él; y tenia tanta pobreza, que aun de cazabe no nos hartamos; y como le hubimos dado relacion á lo que veniamos, y leido las cartas sobre lo de Francisco Hernandez para que le ayudase, dijo que haria cuanto pudiese por él.