joyas de oro; y lo que decia el Rey de Hungría en la carta que escribió á Cortés era, que ya tenia noticia de los muchos y grandes servicios que habia hecho á Dios primeramente, y á su señor y hermano el Emperador, y á toda la Cristiandad, y que en todo lo que se le ofreciese, que se lo haga saber, porque sea intercesor en ello con su señor y hermano el Emperador, porque de mucho más era merecedora su generosa persona, y que diese sus encomiendas á los fuertes soldados que le ayudaron; y decia otras palabras de ofrecimientos; y acuérdaseme que en la firma decia: «Yo el Rey, é Infante de Castilla;» y refrendada de su secretario, que se decia Fulano de Castillejo; y esta carta yo la leí dos ó tres veces en Méjico, porque Cortés me la mostró para que viese en cuán grande estima éramos tenidos los verdaderos conquistadores, de su majestad.
Pues como todos estos despachos tuvieron nuestros procuradores, luego enviaron con ellos por la posta á un Rodrigo de Paz, primo de Cortés y deudo del licenciado Francisco Nuñez, y tambien vino con ellos un hidalgo de Extremadura, pariente del mismo Cortés, que se decia Francisco de las Casas, y trajeron un buen navío velero, y vinieron camino de la isla de Cuba, y en Santiago de Cuba, donde Diego Velazquez estaba por gobernador, se le notificaron las Reales provisiones y sentencia, para que se dejase del pleito de Cortés y le demandase los gastos que habia hecho; la cual notificacion se hizo con trompetas; y el Diego Velazquez, de pesar, cayó malo, y dende á pocos meses murió muy pobre y descontento, y por no volver yo otra vez á recitar lo que en Castilla negoció el Francisco de Montejo y el Diego de Ordás, dirélo ahora, y fué así: que al Francisco de Montejo su majestad le hizo merced de la gobernacion y adelantamiento de Yucatan é Cozumel, y trajo don y señoría, y al Diego de Ordás su majestad le confirmó los indios que tenia en la Nueva-España y le dió una encomienda del señor Santiago, y el volcan que estaba cabe Guaxocingo por armas, y con ello se vinieron á la Nueva-España.