Tales ideales tan sanos son probablemente bastante comunes en el sector menos sofisticado de la población.
En otros estratos, los criterios de selección sociales y financieros tienen mucha importancia. A medida que una familia asciende en su posición económica, es probable que cambien sus normas de selección sexual. Y en amplios sectores de la población, hay una fluctuación en los estándares de generación en generación.
Hay razones para sospechar que las normas de selección sexual entre las jóvenes educadas en los Estados Unidos de hoy son más altas de lo que eran hace un cuarto de siglo, o incluso una década. Exigen un mayor grado de aptitud física y moral en sus pretendientes.
Los hombres, a su vez, están empezando a exigir que las chicas con las que se casan estén preparadas para los deberes de dueña de casa, esposa y madre; cualificaciones que eran esenciales en el período colonial pero en las que se insistió poco en el pasado inmediato.
(b) Es evidente, pues, que los criterios de la selección sexual cambian; hay, por tanto, motivos para suponer que pueden cambiar aún más. Este es un punto importante, ya que a menudo se alega como objeción a la eugenesia que los afectos humanos son caprichosos y no pueden verse influidos por consideraciones racionales. Tras una reflexión, se verá que tal objeción carece de fundamento.
En cuanto al grado de cambio posible, el psicólogo debe tener la última palabra. Es improbable que el ingenioso señor Diffloth,3 que redujo el amor a una serie de fórmulas algebraicas y curvas geométricas, y propuso que cada joven encontrara a una muchacha cuya curva fuera congruente con la suya y la condujera de inmediato al altar, consiga muchos adeptos. Pero el psicólogo declara sin vacilar que es posible influir en el curso del amor en sus etapas iniciales, aunque raras veces en las posteriores. Francis